18
de
Diciembre
Batata macabra

Mi nombre es Cielo. Poco común, pero claro, no podía llamarme de otra manera. Era previsible que mi nombre no podía ser común, tenía que ser especial. A veces me pregunto si mis viejos me castigaron para toda la vida al darme ese nombre. Quizá si me hubiera llamado Florencia o Marta, no me hubieran sucedido la mitad de las cosas que me tocó vivir, sufrir, negar, experimentar, etcétera. Así que mi nombre es especial, como yo (según mis padres). Sí, ahora tengo amigas (y de las mejores) pero ellas no creen que sea especial, simplemente piensan que estoy loca. “Una loca linda”, como está de moda catalogar a los retorcidos mentales para que no se violenten.
Y no es que yo crea que soy una retorcida. Sí, a decir verdad creo que soy una retorcida, pero concuerdo con mis amigas: no puedo hacerle daño a nadie. Después de las experiencias de mi primer colegio, mis viejos decidieron mandarme a otro. El segundo lucía mucho más como una escuela normal. Los alumnos llevaban guardapolvos blancos y se sentaban en los famosos “bancos” o “pupitres” de los que tanto había oído hablar pero nunca había visto.
Vale aclarar que en el Pedagógico lo hacíamos en alfombras y en posición “chinito”, formando una ronda. Escribíamos en el piso y no teníamos pertenencias. Era el comunismo hecho colegio. Usábamos “pintores”, unos uardapolvos estampados o escoceses según nuestro gusto. Una porquería. Ni siquiera nos dejaban llevar pulseras o relojes. “No todos los chicos pueden comprar relojes o pulseras, así que ninguno de ustedes debe traerlos al colegio.” Una gansada, como todo lo de ese colegio. No usábamos portaútiles o cartucheras.
En el aula había una caja de madera con lápices con el nombre de cada alumno. Y cuatro gomas de borrar. Tampoco había lapiceras, ni exámenes, ni boletines, ni nada. Era cualquier cosa. Y a mí me molestaba mi prima, que se quedaba siempre con la goma de borrar en la mano. Sobre todo porque yo era mala en matemáticas y tenía que borrar todo el tiempo.
Nunca me gustó eso del comunismo. ¿Todo para todos? Siempre hay algún vivo que se apropia de lo que es de todos. Mejor me compro mi propia goma de borrar y problema solucionado. Nunca lo hice, ahora que lo menciono, porque nunca rompía las malditas reglas del colegio. Y nunca faltaba, porque mi mamá no me dejaba y más porque cuando faltaba
al colegio, me aburría. Claro: no tenía amigas, ¿qué iba a hacer en mi casa todo el día? Comer y mirar televisión, ¡qué pregunta!
Entonces me sacaron de ese colegio donde me hicieron leer “El clan del oso cavernario” a los diez años (y créanme, tiene partes lo suficientemente subidas de tono para considerarlas material inapropiado para alumnos de esa edad) y me cambiaron al Estrada. Un colegio con compañeros normales y hasta quizá más crueles que los del Pedagógico. Porque peor que hablen mal de uno es que ni siquiera lo miren o noten su presencia. Me convertí en la gorda que iba al colegio privado y cheto de la ciudad. Eso suponía: a) que no iba a tener amigas o b) que mis amigas iban a ser tan fracasadas o más que yo. Ninguna de las opciones me parecía viable, pero simplemente caí en ese colegio, desprevenida.
Ah, ahora que recuerdo: Rocío. ¿Nunca odiaron y admiraron a alguien a la vez? Sí, probablemente a sus padres, pero me refiero a un par, un compañero de colegio, de trabajo, de algo. A mí me pasó, más de una vez, y es el momento de hablar de Rocío y más indirectamente de mi madre.
Siempre tuve la creencia, equivocada o no, de que mi mamá quiso que yo fuera una diez. Es decir, un palo y un cero al lado. Siempre fui un cero, bien redondo y gordo, y tiempo después me enteré de la existencia de “los diez”.
Una pareja amiga de mis viejos que eran diez, en puntaje, claro. Eran cinco, pero los escuchabas hablar de sus habilidades y te sentías miserable en menos de dos minutos. Jugaban tenis, golf, básquet, nadaban, eran perfectos alumnos, arquitectos, hablaban perfectísimo inglés, hacían viajes por todo el mundo, eran en extremo independientes no sólo económicamente, sino en todo sentido de la palabra. Eran 10. Así de fácil. Y sin embargo, estaba lejos de odiarlos. Los admiraba profundamente, porque sabía que jamás iba a poder ser como ellos.
Tuve la maldita suerte de que la amiga perfecta de mamá tuviera una hija de mi misma edad pero abismalmente diferente: Rocío. Ella no tocaba piano, pero hacía todo lo demás. Imaginen cualquier cosa posible: Rocío lo hacía. El panorama se me complicó un poco cuando empecé a escuchar a mamá diciendo a cada rato que algún hijo perfecto de su amiga había recibido algún estúpido premio. Me empezó a molestar la repetición en serie de comentarios edulcorados. Como ella estudiaba inglés, mi mamá me mandó a estudiar inglés. Como ella bailaba danzas contemporáneas, yo empecé a hacerlo. Y así seguía como un detective frustrado tras las huellas de Rocío. O mejor: cumplía los caprichos de mi madre.
Gracias a Rocío mis habilidades eran innumerables. Era una vulgar fotocopia de mi compañera del colegio. Ah… Olvidé mencionar que Rocío no pasaba los 39 kilos. Pero claro, teníamos “contexturas diferentes”. Si la vieran (la sigo viendo), sabrían de lo que estoy hablando. Tiene el cuerpo que toda mujer quisiera, creo. Dura y blanca, y con una cara preciosa, y flaca y asquerosamente perfecta. Y es buena mina y muy inteligente. Para odiarla, ¿no? En fin.
Así que empecé en el Estrada. El primer día de clases de guardapolvo blanco y cartuchera propia había llegado. Y fue un fiasco. Se compartían los bancos y yo no tenía con quién hacerlo. Rocío me había dejado absolutamente sola y bueno, yo también me hubiera dejado sola. En vez de sentarme en alfombras, una silla dura me hacía doler la cola, y apoyaba mi
carpeta en un banco atestado de frases escritas con liquid-paper. Y en lugar de cortar pasto en el enorme bosque del Pedagógico, tendría que contar baldosas en un típico patio de dos por tres metros cuadrados. Una delicia.
Pero a medida que pasó el tiempo, me fui acostumbrando a lo “normal” y empecé a despreciar lo “especial” que antes apreciaba tanto. Empecé a tener tareas, profesoras como en la televisión, compañeros de guardapolvos blancos, recreo con timbre en lugar de campana y hasta un kiosco. Detalles que hasta ese momento eran impensables para mí dentro de un colegio. Y aunque muchas cosas habían cambiado a mi alrededor, yo seguía siendo la misma: la gorda, aunque esta vez no era la única. Y tampoco era la única nueva. Así que empecé a juntarme con una bandita de fracasadas, ésas que tampoco tenían amigas. Corría 1997 y mi teléfono empezaba a sonar. En vez de leer libros por placer, comenzaba a hacerlo por deber. Las cosas seguían cambiando y yo estaba cambiando. De repente, la solitaria persona que era fue desapareciendo y surgió el indicio de lo que soy hoy, pero en versión extra-large. La personalidad se estaba forjando, pero todavía quedaba un largísimo tramo hasta la constitución de la serpiente en la que me convertí después.





